28 julio 2015

EL PALACIO DEL CARTERO CHEVAL

J.J.D.R.

Una imagen extraña aparecía y desaparecía en su mente desde muy niño. Figuras antropomorfas desveladas en las alturas de pórticos desnudos de cátedra, pintaban en su imaginación la silueta ideal del palacio perfecto.
Caminando un día, mientras viajaba con su mente de universo en universo, se topó con una singular piedra en el camino y tras recogerla cuidadosamente, enseguida contempló reflejada en la rugosidad de la lasca pétrea la imagen del templo que desde muy niño divagaba por su mente. Fue en aquel preciso momento cuando Ferdinan Cheval, humilde cartero de la villa de Hanterives en el departamento de Drome (Francia), tomaría la mayor y más trascendental decisión de su vida, crear el sueño que su mente dibujaba insistentemente desde niño, dedicando el resto de su existencia en la construcción de un hermoso y peculiar palacio, “el Palacio del cartero Cheval”.

FERDINAND CHEVAL
Ferdinand Cheval nació en 1836 en el condado de Drome, en una pequeña aldea sumergida en las hermosas colinas de Provenza. Su vida nunca fue fácil, e incluso podríamos decir que resultó bastante dramática. No había cumplido los 17 años cuando quedó huérfano y en su pueblo se reían de él y le tomaban por tonto. En 1858 se casó y tiempo después conseguiría empleo como cartero del pueblo.
Sería en 1873 cuando de nuevo la tragedia sacudiría a Ferdinand con la prematura muerte de su mujer. Volvería a casarse en 1878 y de este segundo matrimonio nacería una niña que fue el impulso necesario que le restaba a Ferdinand para emprender su original proyecto.
En su peregrinar diario de casa en casa y localidad en localidad, este humilde cartero, recorría diariamente unos 30 kilómetros en su reparto del correo.
Un buen día, en su camino encontró una piedra que le llamó la atención, y tras cogerla y examinarla cuidadosamente, vio o creyó ver en ella la silueta esquiva de un palacio a sus ojos ideal y perfecto.


Desde aquel día y en su periplo diario por caminos y senderos, comenzó a recoger piedras de diferentes tamaños que guardaba en sus bolsillos para luego amontonar en su solar. Aquella tarea constante y diaria se convirtió en una obsesión y, transcurrido un tiempo, cargaba piedras en una carretilla y las seguía amontonando en una improvisada cantera que crecía más y más.


Imagino que la gente del pueblo pensaría que Ferdinand había terminado por perder el juicio, máxime cuando comenzaron a ver como de la nada una tímida estructura comenzaba a elevarse sobre la apelmazada tierra de la Probenza.
Sin ninguna experiencia en albañilería, totalmente profano en materias arquitectónicas y poco o nada entendido en las artes escultóricas, de manera sobradamente autodidacta, Ferdinand Cheval, fue robando sus etéreas ilusiones a su imaginación y plasmándolas en los enlucidos muros de su primigenio palacio que ya se elevaba varios metros sobre el pavimento.


Cualquier piedra del camino era buena para su palacio. Cualquier ensoñación de su agitada mente le propiciaba un día completo de ardua tarea.
Poco a poco, mientras los cayos retorcidos en sus manos aplacaban el dolor que debía sentir al golpear la piedra, siluetas y cuerpos apretados entre muros y columnas parecieron como trasladados de un sueño gótico o hinduista, árabe o moderno, con una enorme carga de místico enigma en el que todos los estilos arquitectónicos posibles cabían en mente tan extraordinaria.

Foto www.infoaventura.com
A los quince años de edad su hija fallecía prematuramente. De nuevo la tragedia acudía a su macabra cita con el humilde cartero que cayó presa de un dolor irreparable que ya jamás le abandonaría.
Desde aquel instante se volcó de lleno en su trabajo y de sol a sol trabajaba en su palacio como embrujado por aquellos muros que abrazaban el viento y le ocultaban de la desazón de la lluvia y el desgarro de un sol implacable.
Pasadas dos décadas había conseguido levantar los dos muros exteriores del palacio, y emplearía otros 15 más en terminar el resto de la construcción.


Piedra sobre piedra, argamasa de arena y cemento, piedra sobre ilusiones, sueños de niñez embebidos de obstinación y trabajo agotador, levantaron de la nada un palacio rodeado de muros en los que Ferdinand Cheval fue dejando plasmadas frases que enmarcaban su estado anímico y el respeto que sentía por su labor para con el mundo y su propia imaginación, frases como…”Para un corazón valeroso nada es imposible”.
Entre la frescura del interior del palacio aparecen figuras que representan personajes bíblicos como Adán o Eva, o ilustres genios de la talla de Arquímedes o el mítico Vercingetorix, mezclados con otras tallas imaginarias de formas antropomorfas de difícil aspecto.


Cuando por fin logró acabar su palacio ideal tenía 78 años. Viendo próximo el ocaso de su azarosa vida, pidió permiso para que al fallecer fuese enterrado bajo aquellos muros que tanto oficio y penar le había entregado. Pero la petición fue desestimada por las autoridades, a lo que contestó con 8 años más de trabajo, tiempo que empleó en la construcción de su propio mausoleo, su “tumba de silencio y de reposo infinito”- como él la definió, que acabó definitivamente 20 meses antes de morir, justo en 1924 a la edad de 88 años.
Tras fallecer su titánica obra llamó la atención de ilustres como el pintor Pablo Picasso o el poeta y ensayista André Bretón. Su obra comenzó a ser considerada seriamente e incluso algunos vieron similitudes estilistas con los trabajos de Antoni Gaudí.
Desde el año 1969 las autoridades francesas declararon el palacio del cartero Cheval Monumento Histórico Nacional. A partir del año 1994 está abierto al público y anualmente son muchas las visitas que la localidad de nacimiento de Ferdinand recibe. Anualmente, sobretodo en fechas estivales, fuegos artificiales y diferentes eventos culturales adornan con reflejos de luces los muros del palacio del homenajeado cartero francés.


En uno de los muros del palacio Ferdinad Cheval, humilde cartero que jamás traspasó las fronteras de su pueblo, dejó escrito; “1879-1912. 10.000 días, 93.000 horas, 33 años de sacrificio, si hay alguno más obstinado que yo, que se ponga a trabajar”.
La construcción de Cheval es fiel reflejo de la obstinación humana y un ejemplo de tesón y trabajo. Sin conocimientos técnicos, sin facilidades tecnológicas pero con la ambición y la ilusión de reflejar arquitectónicamente un sueño revelado, Cheval fue capaz de crear su palacio ideal con los recursos que tenía a su alcance dejando en la Provenza francesa un nuevo ejemplo de la capacidad del ser humano de afrontar cualquier reto que se proponga con determinación y pasión.

Foto www.descubrirmundo.com
En Mejorada del Campo, localidad cercana a Madrid, un plus más de obstinación-según Cheval- debía tener aquel que desease vencer su tesón.
Día a día, la obstinación sin parangón es la razón de ser de Justo Gallego, quién desde hace más de 50 años construye con sus propias manos y sin apenas ayuda una catedral de dimensiones extraordinarias, que como suele pasar en estos casos, la fama y la consideración que se merece tan épica proeza la obtendrá cuando ya no se encuentre entre nosotros.

Aportes y Datos:
Texto de mi anterior blog Centinela del Sendero













1 comentario:

  1. Hola Jorge, recuerdo cuando lo publicaste la otra vez y es de admirar la obra que hizo este hombre a base de constancia y con sus manos, la lastima es la mala suerte que le acompaño, pero digno de admiración por todo el trabajo que realizo, gracias amigo por volver a publicarla y así recordar a estas grandes personas.
    Espero que estés pasando un buen verano, cuidate y que lo disfrutes mucho:)

    Besos.

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