25 julio 2015

YASUNÍ

J.J.D.R
Imagino el aleteo grácil y colorido de una guacamaya entre las copas de las gigantescas y ancianas ceibas ecuatoriales. Puedo incluso percibir el eco profundo y nítido de su estridente canto y cómo la profunda y densa niebla devora el arcoíris de su lomo emplumado cuando atraviesa el verde corazón del Parque Nacional de Yasuní.

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En la medianía de nuestro mundo, donde el sol cae perpendicular sobre la tierra y apenas deja constancia de su oscura sombra, la dichosa naturaleza tuvo el capricho de sembrar los senderos de las regiones de Orellana y Pastaza (Ecuador) del más hermoso y vasto imperio de vida del cual se tiene constancia.
A unos 250 kilómetros de la colonial Quito, bajo el refugio fluvial que ofrece la cuenca del los ríos Napo y Curaray se extienden los límites del Parque Yasuní, considerado uno de los lugares con mayor biodiversidad de nuestro planeta Tierra. La enorme extensión del Yasuní, unas 980.000 hectáreas de puro pulmón vegetal, comprenden además 615.000 hectáreas de territorio Huaorani, ancestral pueblo ecuatoriano que sobrevive bajo el influjo universal que ejerce la sangre verde que desprende el húmedo y tropical manto amazónico.


Los Huaorani saben de los quehaceres del hombre que arrasa y palidece con sus máquinas las raíces de su mundo. Pero hay otros pueblos que no han sido contactados y parte de sus territorios están dentro de los límites vírgenes del Yasuní. Dos pueblos indígenas, Tagaeri -del mismo grupo étnico Huaorani- y Taromenani, voluntariamente decidieron no ser contactados y huyeron a lo más profundo de la selva. Pero desgraciadamente, ni en lo más recóndito del profundo alma  de la selva ecuatoriana, son capaces de esconderse de la sombra tenebrosa que proyectan las máquinas humanas y el hedor asqueroso que desprenden e impregnan las hojas, manchando la corteza sublime de los árboles, dibujando la matriz del mal en los senderos que recorren el pécari y el jaguar, moteando de veneno negro las raíces del bosque y perforando el lecho de los acuíferos y manantiales que son utilizados por la avifauna del Yasuní así como por los miembros ocultos e invisibles de estos pueblos amazónicos.


Yasuní es sinónimo de vida. Los últimos estudios realizados en la región demuestran en cifras como la vida se abre paso en un infinito de formas animales y vegetales. De esta manera, se han logrado catalogar unas 150 especies de anfibios, cerca de 43 especies de ranas, entre las que se encuentran las más bellas y extrañas del planeta cuyos intensos y variados colores es un claro aviso de su mortífero y tóxico veneno. De la familia de los reptiles se han contabilizado 122 especies diferentes.  El panteón ornitológico cuenta en Yasuní con 598 especies distintas de aves y, en cuanto a los mamíferos, se estima que son unas 204 aunque las que han sido confirmadas son 69. Yasuní es un gran pulmón terráqueo. Sus nada más y menos que 2113 especies de flora confirmadas, son las encargadas de tejer el verde pulmón que hace que fluya el oxígeno que alimenta nuestras vidas.

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Tres son los ecosistemas vegetales que conforman el parque. Hasta un setenta por ciento es área de tierra firme no inundable, sobre la cual crecen árboles cuya altura puede superar los 40 metros. Un nueve por ciento del territorio se inunda ocasionalmente y es conocido como Vázzera, lugar donde se puede apreciar la Sangre de Drago y la Palma o la Cruz Caspi.

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El Igapó es el bosque siempre inundado, que comprende una densa vegetación que crece en agua negras y cuya especie más característica es el guarango.
Entre sus infinitos senderos, marcados por la huellas del anegado suelo tropical, nace el chontaduro y se yergue el ungurahu, el palmito, el pambil o la chambira. Una alfombra de musgo tamiza el terreno y son los helechos y las lianas las que junto a líquenes y arrebatadoras trepadoras fabrican la urdimbre perfecta donde las espléndidas orquídeas ocultan su belleza mágica. Mirando hacia arriba se pueden observar las heridas abiertas en los troncos del bálsamo, la sublime delicadeza de la caoba, el sobrio zapote y la artística madera de tagua , sin olvidarnos del platanillo o la madera de balsa. Gigantes ceibas dan sombra a la chonta, el laurel y el palmito que crecen en las subcuencas de los ríos Tiputini, Yasuní, Narhiño, Corocaco y Curacay, todos ellos hijos fluviales del gran río Napo el cual desembocará finalmente en el majestuoso Amazonas.
Son ríos nacidos en las cordilleras andinas. Ríos de aguas límpidas. Ríos de aguas frescas y clara, pero también ríos que se tornan negros y capaces de ocultar grandes peligros.

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Las aguas verdosas y oscuras de estos ríos ocultan la misteriosa vida del delfín rosado y también del gris, así como la escurridiza nutria gigante o el sedoso y ciego manatí amazónico, especies estas que se encuentran en grave peligro de extinción.
Yasuní es un gigantesco abanico de vida. Es un laboratorio natural de especies que nacen y se reproducen salvajemente. En la espesura de la selva, al amparo de la noche eterna que dibujan las copas de los árboles, sigilosamente se mueve el diminuto Leoncillo, pequeño mono que cabe en la palma de una mano y que prefiere la privacidad del silencio a la vida de coros y parloteo acróbata que llevan sus congéneres los monos araña.

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A ras de suelo, prestos a lanzar su temible y certero ataque sobre algún Pécari o armadillo desprevenido, jaguares, pumas, panteras y algún Tigrillo, esperan ocultos para dar su zarpazo final bajo la atenta mirada de un águila Arpía que lustra sus plumas con su afilado pico aposentada en la gruesa rama de un vetusto árbol.

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Los cielos del oro verde del Yasuní, son el territorio del águila crestada, el halcón pechinaranja, el elanio plomizo, los hermoso tucanes o el pavón de salvin, así como la guacamaya, a quién continúo imaginando con su grácil vuelo sobrevolando las márgenes del río Yasuní batiendo alas sobre las corrientes ascendentes para dejarse llevar con suavidad por una leve brisa que acaba con su espigado cuerpo sobre la rama de una anciana caoba junto al cauce del río. Su enorme ojo, cuya negra raya perfila su contorno como lo hubiese hecho la mismísima Cleopatra, fija su vista en las aguas del río. Flotando aparecen negros signos de violencia, negras manchas que delatan un nuevo crimen, la oscura señal que indica que de nuevo ha vuelto a ocurrir, que de nuevo, el hombre ha vertido su venenosa ambición sobre el oro verde ecuatoriano.


El Parque Nacional de Yasuní obtuvo éste título el 26 de julio de 1979, siendo Jamil Mahuad –entonces presidente de la república ecuatoriana- quien declaró la zona de valor intangible con el objetivo de salvaguardar el territorio de los pueblos no contactados. La UNESCO en el año 1989 declaró el Parque Reserva de la Biósfera.
Pero hay una gran sombra que planea por encima del interés de conservación y protección del Yasuní. Es una sombra negra y profunda, oculta bajo el manto de tierra por el que las miles de especies animales viven y se reproducen. Un manto de oscuridad que yace en las entrañas de la tierra y que conocemos como petróleo. Y es que en el Yasuní, se encuentra una de las reservas más importantes del continente sudamericano, y este hecho se muestra como una enorme guillotina que se cierne sobre el manto verde ecuatorial.

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La estimación de la reserva es de cerca de 846 millones de barriles de petróleo cuya explotación emitiría una cantidad de 407 millones de toneladas métricas de Co2 por la quema de los combustibles fósiles, y los ingresos que el gobierno ecuatoriano podría sacar con su explotación es de unos 7611 millones de dólares. En el año 2007 el actual presidente ecuatoriano Rafael Correa hizo en la Asamblea General de Las Naciones Unidas un llamamiento atípico y pionero. Pidió a los países miembros su ayuda para no tener que extraer el petróleo de la reserva natural. Para ello, exigía al menos el aporte económico del 50% del beneficio que Ecuador dejaría de ingresar, y de esta manera la reserva de la biósfera no sería tocada, en lo que fue llamado reserva ITT.

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Desde la fecha de aquel llamamiento al mundo han sido muchos los países que han aportado cantidades de dinero, pero en ningún caso se ha llegado al mínimo exigido para la preservación de la reserva natural. La pelota vuelve a estar otra vez en el tejado de la presidencia ecuatoriana y las últimas noticias no son nada halagüeñas al respecto.

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Pero incluso poco después de aquel histórico llamamiento, compañías petroleras como Repsol YPF y Petrobras explotaban algunos bloques como el 31 muy al límite de las fronteras con el parque. De hecho, en el año 2008 se denunció en Orellana por parte de las comunidades indígenas Huaorani de la zona, el vertido al Yasuní de agentes contaminantes y las amenazas constantes por parte de las agencias explotadoras amparadas por el propio ejército ecuatoriano.
De hecho se sabe que los vertidos en las márgenes del parque y el destrozo y envenenamiento en los acuíferos donde pescan y beben las comunidades Huaorani se llevan gestando desde tiempo atrás, pero sus denuncias siempre han sido calladas a base de infundir miedo seguidas por represalias. Hace muy poco, en el año 2011, de nuevo la ruptura de un oleoducto enterrado en el km 100 de la vía Repsol dentro del campo Amo en el bloque 16, a menos de 2 km de la comunidad de Dicaro y escasos 3 km del límite del parque, produjo un vertido que llegó al Yasuní y afectó de manera trágica a la comunidad de la zona que tuvo que abandonar sus acuíferos y manantiales al ver que los peces se morían.

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Como podemos ver y entender no conocemos a las personas por sus palabras sino por sus actos, y en este caso concreto las palabras de salvaguarda del parque se las llevó el andino viento. No me sirve la excusa de que Ecuador es un país con muchos recursos pero también con mucha pobreza y que la economía se vería reflotada con el petróleo del Yasuní. Pues mi pregunta es ¿A cuántos necesitados ecuatorianos le llegará algo de los beneficios de ése oro negro? Sinceramente, estoy convencido que nada de esto cambiará sus vidas, y serán los mismos de siempre los que se llenarán los bolsillos. Eso sí, en este caso como en otros muchos en otros lugares del mundo, a cambio se juega con el futuro de las generaciones venideras que no podrán disfrutar y ni siquiera recordar que un día hubo un lugar en el mundo llamado Yasuní que se puso en venta, un lugar en la Tierra que fue visto como moneda de cambio y no como un paraíso natural y reino de miles de especies salvajes que fueron olvidadas y poco a poco devastadas por la acción humana.


Un de las reservas más importantes de fauna y flora del mundo puede estar en serio peligro. Uno de los lugares más maravillosos del planeta corre el riesgo de ser irremediablemente contaminado, envenenado y destrozado por la ambición y el egoísmo; y los pueblos que viven desde siempre entre los verdes bosques del Yasuní y beben de sus ríos y se abrazan al viento que sopla entre las viejas ceibas, también corren el peligro de desaparecer.

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A veces me pregunto cuánto tiempo aguantará la Pachamama tanto dolor infringido, tanta herida abierta en su afable y generoso útero.
Vuelvo a imaginar el vuelo de la guacamaya sobre las copas de los árboles. Deseo que ascienda rápido y pierda de vista la sangre negra que lamina los arroyos del río.
 Ahora vuela alto y el colorido de su emplumado lomo se pierde en la espesura de la selva ecuatoriana. Quiero seguir imaginando qué, en un futuro no muy lejano, los miembros de las etnias invisibles que viven en el hermoso e intangible Parque Nacional del Yasuní, puedan alzar la vista y ver pasar por encima de sus cabezas el vuelo eterno de la hermosa guacamaya.

Aportes y Datos:
Texto de mi anterior blog Centinela del Sendero


Volveré a estar con vosotros en septiembre. Hasta entonces dejo programadas algunas entradas de mi anterior blog Centinela del Sendero que deseo formen parte también de este espacio. Trataré de aprovechar el tiempo para terminar nuevos artículos y disfrutar de la lectura de textos que tengo aparcados.
A todos, os deseo un feliz verano. Nos leemos al regreso de las vacaciones.


Un abrazo.





1 comentario:

  1. Hermosos lugares que guardan en su interior parte de la esencia pura de la madre tierra y que muchos se encargan de dinamitar y eliminar.
    Besos

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