04 agosto 2015

NAUMAQUIAS

J.J.D.R.
Sobre la ensangrentada arena del fastuoso Coliseo romano, birremes y trirremes fueron enfrentados en pos del mayor espectáculo antiguo para gloria y deleite de un público ávido de sangre y violencia. Conocidas como naumaquias (batallas navales) fueron, sin lugar a dudas, el acontecimiento con mayúsculas en época del imperio romano por su compleja puesta en escena y su elevadísimo coste. La idea de escenificar batallas navales para deleite del pueblo, surgió de la mente de Julio César. Su propósito fue llevado a cabo en 46 a.C. como parte de los fastuosos espectáculos que conmemoraron su cuádruple victoria sobre los pueblos de la Galia, Egipto, el Bósforo y Numidia.

NAUMAQUIA Foto www.historiasdelahistoria.com
Para tan esperado momento mandó excavar un lago en el campo de Marte en las cercanías del río Tíber. Bajo la atenta mirada del regio emperador, más de 1000 guerreros y cerca de 2000 remeros se batieron a muerte sobre el rojo lecho del río a bordo de 16 galeras, de menor tamaño que las originales, pero igualmente destructivas y equipadas para el combate.
En las colinas circundantes al lago se agolpó la muchedumbre. Muchos residían cerca de Roma, pero otros tantos procedían de provincias lejanas, y pasaron incluso la noche al raso para poder contemplar al día siguiente el espectáculo.
Todos los combatientes eran prisioneros de las contiendas bélicas doblegados a la esclavitud para después morir en el circo romano. Condenados a muerte, no habría piedad para ellos, aún a pesar del resultado de la contienda.
Las naumaquias trataron de ser fiel reflejo histórico de acontecimientos históricos. Los responsables de la puesta en escena no dejaban ningún detalle a la improvisación, vistiendo y armando a los contrincantes de ambos bandos como si de los verdaderos ejércitos emulados se tratasen.

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En el 46 a.C. la batalla que Julio César presidió detalló la contienda entre egipcios y fenicios.
Ni que decir tiene que el pueblo se volvió loco con tamaño acontecimiento de violencia sin control. Alrededor del improvisado lago, miles de personas gritaron y vitorearon entusiasmados, aplaudiendo la primera naumaquia con fervor inusitado y contando los días para que aquella orgía de sangre volviese pronto a repetirse.
Las sucesivas naumaquias fueron un catálogo de superación técnica, sublime puesta en escena y propaganda perfecta para esgrimir ante el pueblo el poder del imperio romano. “Pan y circo”, era la dieta común, y cuanto mejor y más ostentoso fuese el espectáculo mucho mejor.

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La siguiente naumaquia fue la única, de la que se tiene constancia, desarrollada en el mar. Se celebró en 40 a.C. para conmemorar la victoria sobre la flota de Octaviano.
El lugar elegido, frente a la ciudad de Rhegium, en el estrecho de Mesina.
Años después, el gran emperador Augusto, mandó construir la primera Naumaquia estable en el margen derecho del río Tíber, muy cerca de los jardines de César.
Las dimensiones del recinto eran de grandes proporciones. El caudal diario que nutria el lago artificial era de 24.000 metros cúbicos, y cuyo excedente era utilizado para el regadío de los jardines adyacentes. La extensión del lago era de 533x355 metros y su perímetro contaba con 2 kilómetros. En el centro del lago se ubicó una pequeña isla con acceso a través de un puente, que sería utilizada por parte del emperador y su séquito para visionar mejor la batalla.
Corría el año 2 d.C. cuando la inauguración de un templo en favor de Marte Vengador fue suscrita con galas, grandes festejos y una terrible y belicosa naumaquia. Para tan gran acontecimiento, ofrecieron a la deidad de Marte Vengador y al mortal Augusto, la batalla que libraron Persas y Atenienses en Salamina.

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La contienda enfrentó a 30 naves que apenas tuvieron capacidad de maniobra.  Birremes y trirremes se embistieron con sus enormes espolones de proa inmersos en una auténtica locura de gritos, sangre y fluidos corporales, para gozo y disfrute de los miles de asistentes.
El emperador Claudio fue quién llevó la naumaquia a su máximo esplendor. En número de 50 naves por cada bando, 19.000 hombres condenados a muerte pelearon hasta las últimas consecuencias. El lago Fucino fue el escenario para tan magna batalla, que en ésta ocasión, se celebró cómo si de en alta mar se tratase, embistiendo y maniobrando las naves con total autonomía dada la gran capacidad del lago Fucino.

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Claudio se cuidó bien de su seguridad y la de su público. Como los contendientes eran todos condenados a muerte, en previsión de un posible motín, cercó el lago con catapultas y ballestas y dispuso cohortes pretorianas en puntos estratégicos. De iniciarse una revuelta, los barcos serían rápidamente hundidos y sus tripulantes masacrados.
Ante la imposibilidad de escapatoria posible, ocurrió un hecho que quedaría ligado erróneamente a todos los espectáculos de gladiadores. Los combatientes saludaron al emperador con una contundente frase “Morituri te salutant” “los que van a morir te saludan”. Y aunque se creía que era frase obligada en los combates de gladiadores, hoy se sabe que se debió a una tradición errónea, y sólo consta que ocurriese ciertamente en la naumaquia que Claudio celebró en el lago Fucino.
Queriendo demostrar que aquel evento debía ser recordado por siempre, el emperador Claudio no especuló en el gasto. Tal es así que, desde el centro del lago, un tritón de plata emergió tocando una trompeta, como señal de inicio para el combate.
Los 19.000 hombres pelearon en el lago hasta teñirlo de rojo, con tal presteza y ardor que, después de horas de cruenta lucha, el emperador les perdonó la vida.
Fue sin duda la más grande naumaquia celebrada. Cientos de miles de personas, enardecidas por una sed inagotable de sangre y crueldad, abarrotaron las colinas del lago para asistir a la colosal batalla.

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Años después, la locura sin límites de Nerón, le llevó a ejecutar una naumaquia dentro de un anfiteatro de madera construido es proceso para la ocasión en 57 d.c. y 64 d.c.
Tras una Venatio (lucha con animales), el emperador hizo inundar el recinto y celebrar la lucha de embarcaciones. Una vez ésta concluyó, se desaguó el teatro y la sangre siguió corriendo esta vez a manos de gladiadores. Una vez acabaron los gladiadores, en el mismo recinto se celebró un gran banquete.
Cuando se inauguró el magnífico y gran anfiteatro Flavio de la mano de Tito, el significado del circo romano se proyectó en su máxima expresión. Con capacidad para 50.000 personas, el enorme Coliseo pasó a convertirse en el centro neurálgico de Roma y por ende del mundo de la época.
Durante 100 días ininterrumpidos los romanos asistieron al coliseo a ver los espectáculos más variados y, como no, más sangrientos.
Allí Tito celebró una naumaquia en la que se representó la batalla entre Corintios y Feacios peleada por 3000 hombres.

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Dentro del coliseo no había espacio para utilizar naves que pudiesen maniobrar. Se procedía a inundar un poco el anfiteatro para aparentar la navegación, convirtiendo los barcos en decorados donde luchar. Se sabe que utilizaban artilugios para simular auténticos naufragios.
Más tarde sería el emperador Domiciano en dos ocasiones 85 y 89 d.c. quien apostó por las naumaquias, y las dos últimas fueron celebradas en 109 por Trajano y en el 248 con motivo del milenario de Roma. Filipo el árabe celebró concluyó las naumaquias en el restaurado recinto donde tiempo atrás lo hiciera Augusto.
Casi no han quedado restos arqueológicos de las naumaquias romanas. El coliseo Flavio sufrió una drástica reforma llevada a cabo por Domiciano, transformándola en celdas, jaulas para animales, mazmorras y un complejo entramado de túneles y rampas de acceso a la arena, desapareciendo los mecanismos que se supone servían para inundar el anfiteatro.
La mejor prueba de cómo hacían los antiguos romanos para inundar sus recintos se encuentran el los anfiteatros de Verona y Capua (Italia) y en Emerita Augusta (Mérida, España). Concretamente en Mérida se han encontrado restos de aljibes, canales, red de cloacas, un acueducto y fuentes sobre el río Guadiana.
 
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Las naumaquias fueron los espectáculos más costosos y variopintos de los que se celebraron en la Roma antigua. Hasta nuestros días han llegado infinidad de relatos de gladiadores que fueron auténticos seres mediáticos de la época siendo sus hazañas en la arena narradas durante muchos años.
De las naumaquias han quedado pocos restos que muestren su grandeza. La mayor parte de lo que se sabe, lo debemos a hombres ilustres de la época como el propio Augusto, Plinio, Tácito, Suetonio o Dion Casio que en sus escritos, narraron lo fastuoso y delirante de un espectáculo diseñado para regalar al pueblo la potestad de adquirir un poder absoluto…el poder de dar o quitar la vida.

Aportes y Datos:
Texto de mi anterior blog Centinela del Sendero


1 comentario:

  1. Mi querido Jorge habia oido hablar de crudas batallas pero que estan tambien se realizaran dentro de anfiteatros y coliseos no.lo sabia.
    Besos

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