04 agosto 2015

JOSEPH MERRICK (EL HOMBRE ELEFANTE)

J.J.D.R.
La imperfección, absoluta y voluptuosa de formas picasianas, dibujaron su cuerpo desde pequeño. La irregularidad de su sombra, el escorzo imposible de sus miembros, su joroba, mochila cargada de espanto que sostuvo su retorcida espalda de por vida, recibió el oprobio y la crueldad de los que se rieron y jactaron de su deforme figura.

JOSEPH MERRICK Foto www.axxon.com.ar
Joseph Carey Merrick nació en Leicester (Inglaterra) un 5 de agosto de 1862. Fue un niño sano en sus primeros meses de vida. Sus padres, Joseph Rockley y Mary Jane, vieron nacer a su primer hijo con la ilusión propia de cualquier joven matrimonio. Pero la felicidad se truncó en horror en poco tiempo. El pequeño Joseph, cuándo tan sólo tenía 18 meses de vida, comenzó a evidenciar en su cuerpo las protuberancias que a la postre, harían de él un hombre desgraciado.
Los bultos se extendieron por todo su cuerpo. A la edad de cuatro años sus extremidades estaban ya deformadas y un desvío extremo en su cadera le impedía caminar con normalidad. Sus primeros años de infancia son un castigo cruel. Está imposibilitado para jugar con otros niños de su edad que además, se ríen de él y de su pequeño y deforme cuerpo. La edad de la inocencia nunca llegó a pasar por su vida. Jugar fue una palabra tan soñada como efímera y aunque siempre tuvo el amor de su madre, su corazón y su alma pronto aprendieron el significado de la palabra soledad.
Su madre fue, sin lugar a dudas, quién iluminó su vida mientras estuvo a su lado. Cuando ella le faltó, su recuerdo, sus enseñanzas, y la calidad humana que le inculcó, fue un faro siempre encendido a su lado que alumbró su camino hasta los últimos días de su vida.
Joseph era el primero de los tres hijos que tuvieron sus padres. Sus dos hermanos, William y Marion Eliza, nacieron sanos, lo que implicó que su madre se volcase con aquel que más atención necesitaba.
Su madre quiso que Joseph aprendiese a leer y escribir. Ella lo había conseguido, aún viniendo de familia y condición humilde, hecho poco habitual en aquella época.
Joseph se crió bajo la exhaustiva protección de su madre. Las risas y burlas de los niños en el colegio eran constantes. En cada trayecto de la escuela a casa y viceversa, Mary Jane tenía que disolver grupos de curiosos que se arremolinaban alrededor de su hijo para increparle o reírse de él. La dependencia del joven Joseph de la figura de su madre era total. El vínculo era tan estrecho entre ambos que, sólo una gran desgracia o tragedia, podía romperlo.
Y la tragedia llegó. El destino de Joseph Merrick quedó redactado en un período de tiempo muy corto. Primero falleció su hermano William en 1870 con tan sólo cuatro años, víctima de la escarlatina, a quién siguió poco después, en el transcurso del mismo año, su hermana Marion Eliza de tan sólo tres.
La época del llanto y la pena había llegado. Con once años de edad, Joseph recibió el peor golpe de toda su vida.
Una bronconeumonía arrancó a su madre de su lado en 1870. La enfermedad cortó su vínculo más sagrado dejando al joven Joseph sólo ante un futuro incierto de soledad y vacío absoluto.

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La figura de su padre nunca fue decisiva en su vida. Quizás, nunca logró superar el trauma que supuso ver la deformidad creciente de su hijo. Quizás, tal vez, nunca vio a Joseph como a un hijo. De lo que estamos seguros, siempre en base a lo que Joseph contó años después, es que nunca se sintió realmente querido por su propio padre que, tras el fallecimiento de su esposa, socavó un enorme hueco entre ambos.
Joseph Rockley trabajó como cochero hasta que decidió montar un pequeño negocio con su esposa. Al poco tiempo de fallecer su mujer, se une sentimentalmente con su casera, la señora Emma Wood Anthill, quién tiene dos hijos y será la encargada de destrozar definitivamente la vida del joven Merrick.
Desde un principio la madrastra de Joseph siente asco y repugnancia hacía Joseph. No soporta ver la deformidad del joven, cada vez más pronunciada, y busca cualquier excusa para insultarle y pegarle. Ante tales conductas, su padre se mantiene al margen, el pobre Joseph se las tiene que ingeniar para mantenerse alejado de su madrastra.
La situación se vuelve cada día más insoportable. Tanto Emma como sus dos hijos, están hartos de que Joseph no aporte nada a la manutención de la casa. Incluso se lo hacen saber a su padre. Al principio éste justifica que no trabaje debido a sus problemas físicos, pero ante las continuas quejas de su nueva mujer, intercede para que su hijo gane un jornal en la fábrica de tabaco junto a su tío Charles Merrick. Aquí pasará dos años trabajando, hasta que la tremenda deformidad de su mano, le imposibilita realizar sus funciones y es despedido.
De nuevo las injurias y el maltrato caen con todo el peso del odio sobre Merrick. En varias ocasiones decide escapar de casa y vagabundea por la ciudad pasando hambre y frío. Su padre sale en su búsqueda y consigue convencerle para que regrese a casa, asegurándole que las cosas van a cambiar. Pero nada cambió.
El cuerpo de Joseph se ha convertido en un sinfín de tumores gigantes que deforman su fisonomía. La escoliosis extrema y la desviación de su cadera, convierten cada uno de sus pasos en un auténtico calvario. Para colmo de desdichas, su madrastra le propina continuas palizas, dejándole infinidad de veces sin comer, o sirviéndole las sobras como si de un perro se tratase.

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En la búsqueda de una solución de trabajo para Merrick, su padre le consigue licencia de buhonero. Provisto de un carro y algo de mercancía se lanza a la calle con la idea de vender y conseguir algo de dinero que llevar a casa, afanado en calmar la inagotable violencia que altera la conducta de Emma y sus dos hijos.
La gente huye despavorida al ver la figura de Joseph. Un enorme tumor en la mandíbula hace que su voz suene ininteligible. La gente se aparta de él y no consigue vender nada. Su padre le da dinero todos los días para comer. Merrick, asustado e incapaz de llegar a casa sin una moneda en el bolsillo, pasa días enteros sin llevarse nada a la boca, trayendo de vuelta el dinero que le da su padre, haciéndolo pasar como ganancias de la jornada.
Sin poder aguantar más la situación, con tan sólo quince años, decide marcharse definitivamente. Unas pocas monedas y su carro es todo lo que se lleva. Durante días su hogar es la calle, dónde pasa hambre y frío, cobijándose al amparo de puentes alejado de las miradas de la gente.


Es de nuevo su tío Charles quién le ofrece su ayuda y su casa enterado de la situación en la que se encuentra. Llega incluso a discutir con su hermano Joseph, recriminándole que permita que su hijo vague en la calle, en vez de dispensarle el cariño obligado de un padre.
Los comerciantes de la ciudad se reúnen para pedir la nulidad de la licencia de Joseph. Alegan que espanta a los clientes y que su imagen grotesca y fantasmal, resulta ser de mala reputación para el gremio. En 1879 le retiran la licencia. En ése momento, Joseph Merrick vive con su tío, quién decide brindarle su casa el tiempo que necesite.
Durante dos años Merrick se alojó junto a sus tíos. Esperaban un hijo, y creyó que ya habían hecho más que suficiente por él.
Agradecido ante la voluntad y generosidad que mostró Charles con él, le expresó su decisión de abandonar la casa y pedir asilo en una Work House (casa de trabajo). La idea de ingresar en éste tipo de instituciones no era del agrado de Merrick. La mala fama precedía a estos centros dónde cama y comida eran moneda de cambio por trabajo realizado.
Su tío Charles no pudo oponerse. Lo intentó, pero Joseph se mostró inflexible. Un nuevo miembro llegaría a la familia de su tío en breve, y serían demasiadas bocas que mantener. La decisión estaba tomada.

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Durante cuatro eternos años Joseph estuvo encerrado en la casa de trabajo. De lo que tuvo que soportar, poco se sabe, ya que Merick siempre pasó de puntillas sobre aquella etapa de su vida. Pero seguro que la experiencia fue horrible.
En la institución es imprescindible trabajar para lograr la manutención. A Merrick le ha crecido una protuberancia en la cara que se asemeja a la trompa de un elefante. Ya no se le entiende al hablar y apenas pueda digerir comida alguna. Como no puede trabajar, y con la excusa de la posibilidad de intervenirlo quirúrgicamente, lo trasladan al Leicester Infirmary, donde le quitan el gigantesco tumor de la cara que llegó a pesar medio kilogramo. Tras recuperarse de la operación, decide no volver a la casa de trabajo. Ahora puede comer adecuadamente y es capaz de hacerse entender correctamente.
Está decidido a emprender un nuevo rumbo. Enterado de que a la ciudad ha llegado un feriante llamado Sam Torr, decide hacerle una visita y pedirle trabajo como atracción de feria.  En cuanto el astuto feriante tiene ante sus ojos a Merrick, se percata de que puede hacer dinero, incluyéndolo en su espectáculo bajo el título de “El Hombre Elefante”.
De ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, Merrick es exhibido como una bestia humana. De la feria de Torr pasará a la de Tom Norman. Aunque la crueldad del simple hecho de exhibir a alguien como una atracción de feria, por el hecho simple de ser diferente, esté fuera de toda discusión, Joseph Merrick siempre se mostró agradecido para con Tom Norman.
La feria ambulante se instaló cerca del hospital Real de Londres en 1884, concretamente en el 123 de Whitechapel Road.

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Los estudiantes de medicina pasaban diariamente por la feria y asombrados observaban la morfología de Merrick. Entre tantos comentarios al respecto, ante la fama que adquirió en el hospital la presencia del hombre elefante, los comentarios llegaron a oídos del afamado médico Frederick Treves, cirujano jefe del hospital de Londres, que no dudó en visitar la feria. La imagen del cuerpo de Merrick lo dejó helado. Impresionado por la enfermedad del hombre, le pide a Merrick que le deje examinarlo en profundidad. A Joseph le ha crecido otra vez el tumor de la cara y vuelve a tener problemas al hablar. El médico interpreta esta deficiencia con un trastorno mental del joven, pero apenas tiene tiempo de examinar a Merrick. Las ferias estaban muy controladas en aquella época y las denuncias por indecencia al exhibir a Merrick, terminan con el cierre de la feria.
En la vida de Merrick aparece un nuevo personaje llamado Ferrari. Es feriante al igual que Tom Norman, y negocia con éste para que le ceda a Joseph. Su idea es incluirlo en su espectáculo lejos de Inglaterra. Tom acepta la propuesta y Merrick pasa a depender de su nuevo jefe. Antes de emprender la marcha, el doctor Treves entrega a Merick una tarjeta con su nombre y dirección, indicándole que acuda a verle siempre que quiera.
La feria de Ferrari parte hacia Bélgica en 1886. Una vez que comienzan a establecerse por pueblos y ciudades, se percatan de que las leyes son incluso más estrictas que en Inglaterra, y allá donde van, su espectáculo es cerrado.

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Es una mala época para el bueno de Joseph. Al no poder trabajar, el condenado Ferrari abandona a Merrick a su suerte robándole los pocos ahorros que tenía, y dejándolo sólo en un país desconocido cuyo idioma es una barrera insalvable. Angustiado y muerto de terror no sabe hacia dónde dirigirse. Consigue vender alguna pertenencia que tiene. Con el dinero que saca logra llegar a Ostende, compra un billete para embarcarse rumbo a Inglaterra, pero con la condición de que no se mezcle con el pasaje. Durante todo el trayecto estuvo escondido en un rincón de la cubierta del barco. Los huesos del cuerpo le dolían y el frío intenso y la humedad le provocaron neumonía. Una vez atracó el barco en Dover cogió un tren hacía Londres. También durante éste viaje, se mantuvo escondido de la gente, hasta que llegó en diciembre de 1886 a la estación de Liverpool Stret. Cuando se apeó del vagón, inmediatamente una muchedumbre de gente le rodeó. Joseph intentó esconder su rostro bajo la capucha de su capa. Pero le fue imposible deshacerse de la gente que le insultaba y le trató como si fuese un monstruo. Tal fue el caos que se originó a su alrededor, que Merrick perdió los nervios y asustado comenzó a gritar desconsolado pidiendo auxilio. Parecía que se había vuelto loco. Contorsionaba su cuerpo de un lado a otro dejando escapar con gestos extraños toda su rabia, toda la ira, todo el miedo acumulado durante tantos años.
La policía hizo acto de presencia enseguida. Cuando Merrick los vio, sólo tuvo fuerzas para entregarles la tarjeta que le dio el doctor Treves dos años atrás. Después se derrumbó en el suelo perdiendo el conocimiento.

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Avisado el doctor Treves por la policía acudió de inmediato. Al ver el estado en que se encontraba Joseph, sin dudarlo un instante, lo trasladó al hospital ingresándolo de incógnito en una habitación. El hospital no albergaba a enfermos crónicos, lo que significaba que Merrick pronto estaría de nuevo en la calle.
El doctor Treves se enfrentó a serias dificultades por parte de los gerentes del hospital. Corrió peligro incluso su puesto de trabajo. Pero con todas sus fuerzas, y sobretodo movido por una extraña sensación de protección y curiosidad hacia Merrick, logró pactar una solución con el hospital. Pondría un anuncio en los periódicos. Daría a conocer el extraordinario caso de Joseph al mundo, y pediría donaciones que servirían pasa aposentar a Merrick en una habitación del centro sin coste alguno para el hospital. Así, además, el doctor tendría la oportunidad de estudiar en profundidad la enfermedad de Joseph. Merrick, a todo esto, tan sólo pedía que llegado el caso, si no se conseguía la suma necesaria, en ningún caso fuese llevado a una casa de trabajo. Pedía que se le trasladase a un centro de ciegos, donde no podrían ver su monstruosa figura y sentir pánico al verle.

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Pero en aquella ocasión la vida dio un respiro al desdichado de Joseph. La princesa de Gales Alexandra y el Duque de Cambrige se interesaron por Merrick, y llegaron a conocerle el 21 de mayo de 1887. A partir de entonces, en la que sería, a pesar de su juventud, la última etapa de su vida, Joseph Merrick por fin tendría un hogar y la paz y tranquilidad que nunca tuvo.
Se le habilitó una habitación cómoda y sencilla en el hospital. Al fin Joseph pudo dedicar tiempo a la lectura, su gran pasión. Se podía pasar todo un día leyendo novelas románticas y mirando a través de la ventana las flores del jardín. El doctor Treves quedó impresionado con la educación exquisita de Merrick. Podían pasar largas horas hablando y Treves comprobó realmente cual era el nivel intelectual de Joseph.

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Recibía cartas de gente anónima que se preocupaban por él. Contestaba con elegancia y exquisito trato las misivas, y se sentía con fuerza y ánimo hasta para salir a pasear de vez en cuando. La gente que se acercó a conocer al hombre y no al monstruo, halló a u ser extraordinario y con una sensibilidad especial. Una vez, una señora le tendió la mano. Aquel gesto tan simple de amistad, hizo que Joseph Merrick rompiese a llorar. Nadie, a excepción de su amada madre, se atrevió a tocarle, ni siquiera para mostrarle un gesto de amistad, simpatía o cariño.

CARTAS DE MERRICK
Comenzó a escribir sobre sus pensamientos y sentimientos íntimos, ofreciendo al mundo la visión de un hombre capaz de no guardar rencor a la gente que le vilipendió, humilló, e hizo de su vida un infierno. Su manera de expresar su sentimiento de culpa ante su propio aspecto lo define de esta manera;

Es cierto que mi forma es muy extraña, pero culparme por ello es culpar a Dios; si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo me haría de modo que te gustase a ti.
Si yo fuera tan alto que pudiese alcanzar el polo o abarcar el océano con mis brazos, pediría que se me midiese por mi alma, porque la verdadera medida del hombre es su mente”.

Con tan sólo 27 años de edad falleció un 11 de abril de 1890 mientras dormía.
Debido a su desmesurada cabeza, Merrick tenía que dormir sentado para evitar la asfixia. En un principio se pensó que fuese la causa de su muerte, al obstruírsele la tráquea pero, hoy día, se apunta la posibilidad, casi unánime, que se fracturase el cuello debido al peso de su enorme cabeza al quedarse dormido.

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Joseph Merrick está considerado por la ciencia y la medicina, como el caso más extremo de deformidad hasta el momento conocido. Según los últimos estudios basados en las investigaciones llevadas a cabo aún en vida de Merrick y, más tarde, gracias a su esqueleto y las mascarillas que se realizaron de su rostro y sus miembros, los médicos apuntan a que padeciese en grado máximo el “Síndrome de Proteus”.

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 Aún hoy día se debate sobre el caso extraordinario de Joseph Merrick. El doctor Treves se dedicó a estudiar en profundidad a Joseph. Llegó a considerarlo su amigo, y, en una ocasión, tiempo después, cuando le preguntaron que fue lo que más le impresionó de Merrick contestó:

Una cosa que siempre me entristeció de Merrick era el hecho de que no podía sonreír. Fuera cual fuera su alegría, su rostro permanecía impasible.
Podía llorar, pero no podía sonreír”.

La fortaleza de carácter y su extrema sensibilidad dejó una huella indeleble en su recuerdo. Tal es así que, el antropólogo Ashley Montagu de la Universidad de Princeton, escribió un extenso trabajo sobre la cualidad humana de Joseph, que tituló, “Merrick, El hombre elefante, un estudio acerca de la dignidad humana”.

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Joseph Merrick falleció sin conocer el amor. Se fue de este mundo sin saber qué se siente al amar o ser amado, sin albergar en su corazón la esperanza de disfrutar por un instante, lo que sentía cualquiera de los personajes de las novelas románticas que tanto gustaba leer. Su vida transcurrió entre la violencia y el insulto continuo, entre la más absoluta indiferencia y el miedo que generaba en la gente que le rodeaba.
Se durmió un día y falleció, para al fin dejar de sufrir.
Murió sin poder mostrar su alegría. Por un segundo, imagínense no poder sonreír nunca.
Joseph Merrick vivió encarcelado en su propio cuerpo.
Las rejas de su prisión fueron sus deformados miembros y los gigantes tumores que salpicaron su fisonomía.
A pesar de su sufrimiento y el calvario que pasó, al menos en el último periodo de su vida, en su interior, en lo mas hondo de su ser y su mente, Joseph Carey Merrick... fue libre.

Aportes y Datos:
Texto de mi anterior blog Centinela del Sendero






1 comentario:

  1. ¡Qué crueles podemos ser ante la diferencia! Sólo creemos lo que vemos, sólo miramos lo que tenemos delante de nuestras narices...
    Saludos

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