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27 marzo 2015

VOCES DE GAIA

J.J.D.R.   

El sol se derrite en mi purpúrea piel coralina. Es tan fina la arena de mis muslos, que se derrama entre algas y quebradas almejas de terciopelo nacarado, dejando caer como oro en polvo la semilla terrera entre mis piernas.
Sonrojo a la mar con mis insinuaciones, más me niego a dejar de rozar con mi aliento sureño sus mejillas saladas, besando cada mañana la espuma de sus olas mientras arrullo la simiente de su cuerpo marino entre los espigones y dunas que cobijo ante el levante vespertino, ventoso y taciturno de centellas celestes, que derrama su ventolera entre mis sueños llegada la alborada.

Foto www.elmundo.es
Y es la luz que baña el firmamento, junto al poder que ejerce el cincel del tiempo, instrumentos que uso para tatuar mi vasto imperio de vida, mi reino mágico de ilusiones eternas, epicentro donde el contraste es la ley universal que proyecta mis delirios más apasionados.
Sollozo de placer al recrear sobre una apartada bahía la silueta majestuosa de un cuerpo femenino. Reclino mi cuerpo vaporoso para no dejar que el azar tome las riendas y allí donde falta una roca, la dejo caer, decorando los huecos vacios del mundo con efigies pétreas y anaqueles de flores que mezclo con farolillos encrestados con la dorada luz difusa de mil luciérnagas embebidas de luz de luna, gobernando la necedad de una oscuridad vencida.


No descanso cuando creo senderos. Me place hurgar entre los pliegues de mi propio manto, haciendo y deshaciendo, desoyendo el bramido aterrador del gélido viento en las altas cumbres nevadas, mientras alzo a mi antojo una cordillera hasta lograr que sus glaciares cumbres descansen sobre el regazo de las nubes.
Sentada frente al mundo me vanaglorio de mi poder infinito. Suelo abrir los brazos y, tras rozar con la yema de mis dedos un baldío y estéril pedazo de tierra, un hormigueo extraño surge de mi vientre cuando tras un enorme temblor que sacude mi piel de arriba abajo, un valle colmado de árboles y flores se convierte en fuente de vida allá donde sólo había gastada piedra.

Foto www.skyscanner.com
Entonces lloro. Y es mi llanto la corriente de un río que se precipita siniestro desde un quebrado collado que al caer, orada la piedra hasta convertirla en una redonda poza de fresca agua. Mi lágrima derriba montañas, las altera, las cambia, moldeando a su abstracto antojo figuras y geoglifos que pinto con añiles colores apasionadamente derramados.  

Foto www.skyscanners.es
Tengo por norma dejar que mi llanto defina por sí mismo su camino. Pero en ocasiones, cuando intuyo que en su recorrido terminará topándose con un reto casi imposible de superar, actúo de inmediato. Me encanta hacerlo. Me acerco con cautela y tanteo todas las opciones posibles. Suelo retirarme lejos para poder contemplar todo en perspectiva hasta visualizar mi proyecto. 
Entonces actúo. Comienzo pelando laderas y cimas como haría un ser humano con una manzana, y en cada tajo seccionado, dejo que mis lágrimas comiencen a regenerar la tierra. Cavo senderos entre montañas como lo haría un niño con un castillo de arena. Aquí y allá multiplico la lluvia, o dejo como centinela un banco enorme de niebla tan densa como la nata.


Me gustan los contrastes. Donde hay sol de mediodía, su atardecer es coronado con un inmenso parapeto de rayos que ilumine la noche como un farol encendido. En otros lugares, donde parece querer reinar la más cruel oscuridad, hago que las paredes de húmeda roca parpadeen con destellos de un azul intenso rompiendo toda regla posible, acabando con el conformismo, con la rutina predestinada a gobernar este mágico universo.


Si nado desaparezco. Me gusta sumergirme y esconderme bajo el manto marino. A mí paso abro canales tan profundos e insondables que hasta las temibles mareas rehúyen acercarse, siendo de un azul tan oscuro que son visibles a cientos de kilómetros de altura. Ni la luz del día es capaz de iluminar mis escondrijos marinos. Observo sus rayos. Caen perpendiculares sobre una alfombra de salada espuma y terminan difuminados y perdiéndose en la bastedad del océano irritados al no poder alcanzarme.

Foto www.imgkid.com
Soy madre del mundo. Soy el útero implacable que riega de vida el universo. Soy el vientre que siembra latidos y amamanta con su eco de vida los senderos de la Tierra. Soy quién, llegada la alborada, renace con los agudos cánticos de los pájaros, con el timbre resonante de las cascadas, con el gruñido del viento cuando azota con su gélida fusta raíces y ramas y apaga su enojo mojando su silencio en brazos del rocío. Soy salvaje e indomable. Soy tan joven como anciana, tan bella como despiadada, tan rotunda e inapelable como serena y dócil. Soy la nube de color, el agua trasparente, la palmera taciturna, el ojo del huracán. Soy la niebla entre tus manos, la ducha de sal en la bahía, el canto del viento entre las rocas, la paz del desierto y su grano de arena. Soy el túmulo imperfecto que sombrea la cala, el gigante abeto que duerme en el bosque, la raíz escondida que crece y crece hasta alcanzar con sus dedos el manantial de agua. Soy la enagua de la montaña, la dolina perdida, el liguero que sujeta la pernera de un roquedal, la cueva rojiza, la lava errante, el moho de las piedras, la espiga y la hidra, la palma y la enredadera, la tierra baldía, la fértil, la huérfana…soy también ceniza.


Todo aquello que tus ojos ven soy. Todo aquello que tus dedos tocan, me pertenece. Todo aquello que sacudes y rompes, es parte de mí, como lo es todo aquello que se modifica o destruye hiriéndome, atormentándome, asaltándome como una pica que se clavase en mi desnudo y descuidado lomo.

Foto www.cuartooscuro.com.mx
La magia desprendida de un grano de polvo soy. Misterio y tiempo acunaron mi grito desvalido de libertad y sueños. La paciencia es mi maná, mi pesada carga consciente y la sabiduría que fluye en el espacio y me alimenta, sigue diciéndome que espere, que no rompa con todo en un segundo, que no ceje en mi empeño de mostrar lo maravillosa que soy, susurrándome despacio…”aún es posible”


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